El obrero
"DÍA DEL TRABAJO"
Todo fue nuestro, vinieron y nada es nuestro.
El obrero,
con manos de arcilla y sangre seca,
edifica el templo del patrón,
una casa con columnas de yeso
para que el amo contemple el horizonte
donde ya no está el hombre,
sino la silueta de su espalda encorvada.
Arma puentes,
no para cruzar hacia la libertad,
sino para que pasen de prisa los carruajes del oro,
llenos de nuestra dicha arrebatada,
de las semillas apropiadas,
quitando el pan de sus hijos,
por unos cuántos centavos.
El barrio,
esa piel sucia de la ciudad,
es cubierto de hollín por las fábricas
que él mismo edificó,
allí donde el látigo, es horario
y el sudor, es impuesto.
Deposita el brillo del zapato ajeno,
mientras que el suyo se deshace en el barro;
tiende camas en las que no duerme,
con sábanas de hilo blanco
que le arrancan el sueño
como quien roba la manta en la noche.
Cava conducciones,
no para regar su jardín,
sino para que el agua fluya
lejos de su sed,
en el palacio del que nunca tiene sed,
pero siempre bebe.
Recibe billetes marcados con rostro colonial,
para luego cobrárselos con su vida:
como pago mínima por sus fatigas máximas,
papeles que no alimentan,
solo compran un menú
que engorda el alma del patrón
y deja el cuerpo del obrero temblando,
anémico para consumir sus medicamentos,
porque su mal fue fabricado,
y el remedio ya fue pensado,
por eso el obrero solo debe nutrirse de resignación.
Cose su camisa con dedos heridos
y duerme desnudo bajo el frío
de una luna que tampoco le pertenece.
Es el artesano de su propia cadena,
el escultor de su prisión.
La historia del trabajo
es un poema que no rima,
un grito que se disfraza de rutina,
una revolución suspendida
en el tic-tac de una tarjeta de entrada.
Hoy no celebramos el trabajo,
celebramos la trampa,
la eterna danza entre dar y perder,
el que lo da todo
nunca tiene nada.
No siempre fue así.
Hubo un tiempo en que las manos,
antes de cargar piedras,
alzaron antorchas;
cuando el látigo era visible,
y el verdugo no sonreía.
Antes fue la guillotina,
el grito en la plaza,
el fusil en la frontera,
la barricada construida con muebles pobres
y corazones altos.
Hoy el látigo es un billete,
el amo se viste de gerente,
te premia con un día libre
para celebrar tu esclavitud.
Pero el poema aún respira.
La dignidad no es un recuerdo,
es una tarea.
Volver a mirar al otro,
nombrar al vecino por su nombre,
cerrar la puerta del patrón
y abrir la casa común.
Organizar el hambre,
como quien organiza el fuego.
Repartir el pan antes de venderlo,
romper la lógica del salario
con el acto simple de compartir.
La comunidad debe hacerse poema,
no mercado.
La rabia, verso.
Y la esperanza,
acción colectiva.
Solo así,
el trabajo será
el arte de vivir
y no la ciencia de morir.
Perú, 01 de mayo de 2025
Autora: Margot Camones Maguiña.

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