Amor del viento
Viento que Ama Vive, pero no como quien respira, sino como quien incendia un bosque en su pecho para que nazca un jardín de luciérnagas. Sueña no con los ojos cerrados, sino con las manos abiertas al vértigo. Ama, aunque el amor se disuelva como tinta en un océano que no reconoce su nombre. Si has de amar mil veces, hazlo como quien reescribe el universo con tinta de cometa y latido de reloj roto. Ama incluso al amor que se disfraza de espejismo, porque en su reflejo habita el temblor de lo eternamente efímero. La luna —esa gran pupila de mármol— vigila las danzas del insomnio, mientras las estrellas siembran secretos en los bolsillos del cielo. El sol, viejo amante de la distancia, acaricia el mundo con labios de fuego y manos hechas de esperanza. Cuando cae el telón del día, la neblina, actriz de máscaras infinitas, nos enseña a caminar con los ojos del alma. La lluvia —carta sin remitente— cae para que recordemos la sed que somos. Con ella, la piel pide abrigo, el corazón exige...