SIETE VOCES, UNA MESA Y UN UNIVERSO POR DESCUBRIR
Crónica de un reencuentro en Tacna
En la Glorieta nos sentamos seís compañeros, primero nos faltaban sillas, entonces decidimos cambiarnos de mesa, pasaba el tiempo y nadie vino a atendernos. Esperamos un rato, miramos alrededor y, cuando preguntamos qué pasaba, nos dijeron que nuestra mesa no tenía personal asignado. Marco dijo que en el Mulato la atención era rapido era el primer comentario, entonces terminamos levantándonos. Había viajado, Emilia organizó el encuentro y los demás reservaron su tiempo para estar juntos. Lo que no habíamos previsto era tener que salir de un restaurante porque, sencillamente, nadie se ocuparía de nosotros.
Emilia encabezaba el grupo. Marcos estaba con nosotros; también Miriam, Willy y Yapurasi. Yo, Margot, había llegado a Tacna al medio día. Después se incorporaría otro compañero, Moisés. Éramos estudiantes de la segunda especialidad en Educación Intercultural Bilingüe, aunque decirlo así no alcanza para explicar lo que significaba encontrarnos. Llevábamos un año estudiando a través de una pantalla. Habíamos escuchado nuestras voces, intervenido en las mismas sesiones y compartido tareas, pero todavía no habíamos tenido la oportunidad de sentarnos juntos a conversar sin que una clase nos marcara el comienzo y el final.
Nos fuimos al Mulato. Allí nos informaron que no había mesas disponibles y que debíamos hacer cola. Detrás de nosotros venían otros compañeros. Esperamos un momento, hasta que surgió una nueva propuesta: mejor ir a Tradiciones Peruanas, donde había bufétte y podíamos servirnos la comida.
Esta vez encontramos sitio.
No necesitamos esperar a que un mozo se acercara. Cada uno podía levantarse, elegir lo que quisiera y servirse a su gusto. Yo fui dos veces por unos buenos platos. Después me reservé un espacio para el postre: arroz con leche y mazamorra morada, la combinación tradicional sin demasiadas explicaciones para quienes la disfrutamos.
Mientras comíamos, las conversaciones fueron tomando su propio rumbo. Ya no estábamos frente a una pantalla ni pendientes de una tarea. Podíamos detenernos en una historia, hacer una pregunta, interrumpirnos con confianza o volver sobre algo que acabábamos de escuchar. Y fue entonces cuando empecé a descubrir a mis compañeros de otra manera.
Miriam me llamó especialmente la atención. Era la más jovencita del grupo; por su apariencia, cualquiera habría pensado que tenía unos quince años. Nos miraba con cierta sorpresa mientras conversábamos. También era profesora, pero durante buena parte del almuerzo prefirió escuchar. No necesitaba intervenir a cada momento para estar presente. Seguía las conversaciones con atención, que pienso que es su inteligencia la hace callar para descubrir qué hay detrás de las personas que hasta entonces había conocido principalmente por sus voces.
Emilia, en cambio, tenía la experiencia de maestra y madre de largo caminar. Era profesora, madre de tres hijos y una mujer que parecía tener muy claro lo que asumía y lo que no estaba dispuesta a tolerar. Durante nuestros estudios había demostrado ser responsable y cuidadosa. Estaba pendiente de las tareas, recordaba los plazos y nos avisaba cuando tocaba organizarnos en grupos. Si algo se había quedado pendiente, Emilia solía advertirlo. No lo hacía para llamar la atención, sino porque se tomaba en serio lo que hacía.
Aquella tarde también nos habló de su vida, de sus hijos y de las cosas que no le gustaba aguantar. La escuchaba y reconocía en sus palabras a la misma mujer que habíamos visto durante el año de estudios: atenta, firme y consciente de sus responsabilidades. Pero ahora aparecían otros aspectos de ella, afectiva, atenta para brindar calidez en sus raíces, en su tierra. Era una mujer con una historia propia, con límites que había aprendido a establecer y con una experiencia que no podía resumirse en su desempeño académico.
En algún momento, al hablar de las responsabilidades familiares, Emilia soltó una frase que todavía recuerdo:
—Eso debiste pensarlo antes de tener hijos.
Lo dijo con naturalidad y seguridad de su opinión formada. La conversación siguió y cada uno fue aportando sus propias razones, sin que todos tuviéramos que llegar a la misma conclusión.
Willy fue el más gracioso. Nos contó varias historias sobre las familias que tenía y las cosas que podía hacer. Su manera de hablar convertía cualquier asunto en una ocasión para reírnos. Había algo desenvuelto en su forma de contar las cosas; no parecía necesitar demasiado esfuerzo para mantener viva la conversación. Entre una anécdota y otra, conseguía que los demás participáramos, preguntáramos y termináramos riéndonos de situaciones que, contadas por otra persona, quizá no habrían tenido la misma gracia.
El compañero Moisés que se incorporó después nos habló de las empresas que tenía y de cómo podía organizarlas. La conversación se desplazó hacia el dinero, las cuentas bancarias y las formas de proteger el patrimonio. Alguien le sugirió abrir una cuenta que no pudiera ser afectada de cualquier manera; surgió también la palabra fideicomiso. Empezamos a intercambiar ideas, cada uno desde lo que sabía o había escuchado. No recuerdo todos los detalles de aquella conversación, pero sí la facilidad con la que pasábamos de las anécdotas familiares a asuntos económicos, sin que nadie necesitara preparar el tema de antemano.
Yapurasi era más silencioso. No intervenía tanto como Willy ni tenía la costumbre de ocupar la conversación. Sin embargo, al escucharlo descubrimos que también era profesor universitario y que tenía sus propias experiencias que compartir. Su presencia me recordó que no todos participan de la misma manera. Hay quienes cuentan mucho y quienes prefieren escuchar antes de hablar. El silencio de una persona no significa que tenga menos que decir.
Marcos también estuvo allí, con su humor y su disposición para conversar. Pero, para mí, su presencia tuvo un significado adicional: había sido él quien me había recogido del aeropuerto y me había ayudado a comenzar mi estancia en Tacna. Durante aquella tarde, sus palabras me dejaron una reflexión que todavía me acompaña.
Hablábamos de la docencia, de las obligaciones y del tiempo que dedicamos a los demás. Entonces dijo algo que hizo detenerme:
—Nosotros, que somos profesores, nos preocupamos tanto por los hijos de los otros que muchas veces nos olvidamos de los nuestros, de nuestra familia. Y lo peor es que dejamos de ser nosotros mismos. Nos olvidamos de que también existimos, de que también pensamos y sentimos.
La conversación continuó. Marcos habló de ese esfuerzo que hacemos para sostener la casa, mantener a la familia y cumplir con todo lo que se espera de nosotros. Lo escuché y pensé en cuántas veces el trabajo se convierte en una medida de nuestro valor, hasta el punto de que dejamos de preguntarnos qué necesitamos nosotros.
Los profesores conocemos bien esa entrega. Nos preocupamos por los estudiantes, revisamos tareas, preparamos clases, atendemos dificultades y buscamos la manera de que otros aprendan, sin saber o descubrir que a los que enseñamos también tienen mucho que enseñarbls. Muchas veces, cuando termina la jornada, todavía quedan pendientes. Y al llegar a casa nos esperan otras responsabilidades.
No es que cuidar a los demás esté mal. Lo difícil es advertir cuándo esa entrega empieza a dejarnos fuera de nuestra propia vida.
Las palabras de Marcos se quedaron conmigo porque no sonaban a una explicación aprendida. Hablaba desde una preocupación reconocible, desde algo que cualquiera de nosotros podía haber experimentado de una forma u otra. No necesitaba convencerme. Bastaba con escucharlo.
Yo también compartí mi manera de ver las cosas. Les hablé de mi pensamiento espiritual, de mi relación con la madre tierra y con lo cósmico, y de la necesidad de cuestionar aquello que muchas veces damos por sentado. Les expliqué que no entendía la enseñanza como una simple transmisión de conocimientos, en la que alguien habla y los demás reciben. Me interesa una educación que permita preguntar, pensar, poner en duda lo establecido y reconocer lo que cada persona trae consigo.
No todos teníamos las mismas ideas ni mirábamos la vida desde el mismo lugar. Pero podíamos conversar. Para mí, eso era importante. No necesitábamos coincidir en todo para escucharnos, y tampoco teníamos que convertir nuestras diferencias en una disputa.
Habíamos comenzado el día sin encontrar dónde almorzar y terminamos compartiendo mucho más que comida. Cada uno había puesto algo sobre la mesa: sus preocupaciones, sus historias, sus experiencias y sus formas de entender la vida. Nadie había preparado una exposición, pero todos teníamos algo que decir. Fueron siete convivires, siete decires, siete sentires y siete saberes.
Nos quedamos hasta que llegó la hora de marcharnos. La despedida fue emotiva. Había sido nuestro primer encuentro presencial después de un año de estudios virtuales y, aunque el almuerzo había empezado con lo anecdótico, ninguno parecía dispuesto a terminarlo apresuradamente.
Emilia, incluso entonces, seguía pendiente de mí. Quería asegurarse de que supiera cómo llegar al hotel y me advirtió que tuviera cuidado, que me abrigara porque en la madrugada hacía frío.
-Abrígate bien: me dijo.
Y, al final, estaba allí, preocupándose por una compañera que acababa de llegar a su sol, a su aroma, a su tierra.
Sus palabras resultaron acertadas. La madrugada era fría y había que abrigarse.
Mi día había comenzado varias horas antes, en Lima.
A las ocho de la mañana llegué al aeropuerto internacional Jorge Chávez. Allí la última conversacion con NN terminó por sacarme de mis casillas. Quería saber si tenía esposo, pareja o novio. Después preguntó si era rector o vicerrector. Me decía hasta ahora no me hablas de tus pretendientes, dime somos amigos,quieres ser mi amiga con derechos.
Hasta que me cansé.
--Vete a la mierda: le dije.
Cogí mi mochila y me fui.
No voy a disfrazar aquel momento. Me molesté y lo expresé de una manera directa. Preferí marcharme antes que continuar una conversación en la que ya no quería participar. Después seguí mi camino hacia Tacna.
Llegué alrededor de las doce y veinte del mediodía. En el aeropuerto me esperaba Marco Mendoza, un compañero de estudios que había tenido la gentileza de recibirme. Me acompañó a conocer la Universidad Nacional Jorge Basadre Grohmann, recorrimos algunas de las principales calles de la ciudad, pasamos por la catedral y por varias calles y buscamos un hotel donde pudiera alojarme.
Visitamos varios establecimientos hasta que encontré uno modesto, limpio y cuidado. Dejé mis cosas y me preparé para reunirme con mis compañeros.
Todavía tenía presente el fastidio de la mañana, pero el día había empezado a cambiar. Marco me había recibido con amabilidad y había dispuesto parte de su tiempo para ayudarme a conocer la ciudad. Después vendría el almuerzo, las conversaciones y todo lo que terminaría llevándome de regreso al hotel con una sensación que nunca esperaba.
Tras despedirnos de los compañeros, continué recorriendo Tacna con el colega que me acompañó durante la jornada. Me llevó en su vehículo al mercado Bolognesi y a otros mercados de la ciudad. Quería conocerlos, observar el movimiento de la gente y descubrir algo más allá de los lugares que suele visitar quien llega por primera vez.
Terminamos tomando api de maíz morado, acompañado de cachangas y una empanada frita. El api estaba riquísimo. Fue una parada que no necesitan explicaciones: después de tantas horas, sentarse a comer algo caliente y compartir el momento era suficiente.
Llegué al hotel alrededor de las ocho de la noche, cansada.
Quería descansar, pero también debía prepararme para el motivo principal de mi viaje. El martes iba a sustentar mi tesis ante un jurado. Había llegado a Tacna para defender una investigación en la que había invertido tiempo, esfuerzo y reflexión. Mis compañeros me habían dicho que asistirían a la sustentación.
Aquella noticia me alegraba y, al mismo tiempo, aumentaba mi responsabilidad. Ya no se trataba únicamente de prepararme para responder las preguntas del jurado. También iba a estar delante de personas con las que había compartido un año de estudios, compañeros que conocían parte de mi trayectoria y que ahora tendrían la oportunidad de escucharme defender mi trabajo.
A la mañana siguiente, además, cargador de la laptop no era el adecusdo. Quería estudiar temprano, pero aquel olvido me obligó a volver a la cama y escribir está crónica. A veces, cuando uno viaja con una preocupación importante en la cabeza, son las cosas más pequeñas las que terminan complicando el plan
Antes de dormir me puse a repasar a cada compañero, a cada forma de pensar y cada dificultad de afrontar y recordé lo que Willy dijo: ¿porque esto no se aprende en la escuela? Me di cuenta de que, hasta ese día, había conocido a cada uno desde un lugar limitado.
No necesitábamos convertirnos en personas distintas para encontrarnos. Éramos los mismos compañeros. Pensé en cuánto aprendemos cuando dejamos de mirar a los demás únicamente desde el papel que cumplen. Un profesor no es solo quien enseña. También es padre, madre, hijo, compañero, una persona que se cansa, se preocupa, ríe y necesita que alguien lo escuche. Detrás de cada función hay una vida que no siempre tiene un espacio para mostrarse.
Quizá por eso las palabras de Marcos me habían impresionado tanto.
Y tal vez eso fuera lo que más necesitaba llevarme de aquel encuentro. No una conclusión perfecta ni una respuesta para todas las preguntas, sino el recuerdo de personas que, durante unas horas, dejaron a un lado las obligaciones académicas y se permitieron hablar de lo que les importaba.
El recuerdo será que, La Glorieta nos había dejado sin atención. En el Mulato no había mesas disponibles. En Tradiciones Peruanas, finalmente, cada uno pudo servirse lo que quería.
Ahora que lo pienso, esa escena tiene algo que merece conservarse. Cada uno podía escoger lo que quería comer, pero seguíamos compartiendo el mismo espacio. No necesitábamos elegir lo mismo para sentarnos juntos.
Me gusta pensar que las raíces crecen de esa manera: cada una busca su propio camino bajo la tierra, pero puede encontrarse con otras y contribuir a sostener la vida. No hace falta que todas sigan la misma dirección ni que tengan la misma forma.
Aquella tarde, en Tacna, sentí que habíamos empezado a echar raíces.
No sabía qué recordaría cada uno al regresar a su casa ni cuánto duraría la cercanía que habíamos construido. Tampoco necesitaba saberlo. Me bastaba con reconocer que habíamos compartido algo verdadero: unas horas de nuestras vidas, unas historias, unas preguntas y el deseo de seguir aprendiendo.
Esa noche comprendí que mi viaje no había sido solamente para llegar a una universidad y sustentar una investigación. También había sido una oportunidad para conocer de otra manera a quienes habían caminado conmigo durante un año, aunque cada uno lo hubiera hecho desde su propia pantalla.
Siete voces, una mesa y un universo por compartir.
A veces, las cosas importantes comienzan en una mesa que nadie tenía asignada para atender.
Y terminan quedándose contigo mucho después de que el almuerzo ha terminad.
Gracias compañeros, gracias Tacna. 18 octubre de 2026.
Margot Camones


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